martes 1 de diciembre de 2009

Colombia y Perú: los lunares de la derecha en América del sur

Con los resultados de la segunda vuelta uruguaya, se mantiene la tendencia hacia la izquierda en América del Sur. A diferencia de Europa occidental, donde la socialdemocracia se alterna con la derecha conservadora, en Latinoamérica, y en particular en América del Sur la izquierda (sea moderada o no) no suele llegar al gobierno con facilidad.

Quizás el caso más excepcional lo sea Chile, que desde el retorno al régimen democrático y post Pinochet de 1990, ha tenido en el gobierno a una coalición de partidos de centro-izquierda. Y con ese, dejamos de contar éxitos tan periódicos.
Recién con la llegada de Hugo Chávez en Venezuela el 98 y de Lula Da Silva el 2001, se comienza a romper la hegemonía imperante de los partidos derecha o de candidatos supuestamente “apolíticos” que en la práctica ejecutaban el programa de los partidos de derecha, ya sea desde la óptica liberal, conservadora o populista.

Actualmente, en cambio, toda América del Sur es gobernada por partidos o coaliciones de centro-izquierda o izquierda. Evo Morales con un discurso de integración de los indígenas bolivianos, Lugo con un mensaje renovador frente a los partidos tradicionales del Paraguay, Tavaré Vásquez coronando un trabajo político de décadas del Frente Amplio uruguayo, Correa con una apuesta de un Ecuador distinto y estable, Chávez con su propuesta de una Venezuela bolivariana, Bachellet buscando mayor justicia social en Chile, Krischner pretendiendo una argentina con más oportunidades para todos.

Si bien no se pretende afirmar que es connatural que América del Sur sea zurda, si es necesario entender las causas de que esto no sea así, porque los peruanos y colombianos tuvieron opciones electorales con un discurso de cambio y sin embargo los resultados no acompañaron a los candidatos del cambio progresista. Y no sólo habría que hablar de estos últimos años, sino que habría que mencionar que nunca en ambos países, un partido autodenominado de izquierda ha ganado las elecciones presidenciales.

Hay condiciones comunes en la historia de Perú y Colombia. La violencia política marcó y marca aún la agenda política. En ambos casos, más de un grupo autodenominado “revolucionario” se alzó en armas y en ambos casos también, estos aún subsisten –si bien de forma reducida-. La violencia política en la magnitud que se llevó a cabo en ambas naciones ha dejado profundas cicatrices en estas sociedades. Para muestra un botón: en una jornada de recolección de firmas del Partido Socialista peruano más de un ciudadano aludió al carácter “terrorista” de los integrantes de una agrupación que pretendía participar democráticamente en elecciones. Del lado colombiano, el Polo Democrático sufrió similares indirectas de más de un político de los partidos que han gobernado el país.

Si bien en Uruguay, Brasil y Bolivia, el movimiento popular en las décadas del 60 y 70 manifestó expresiones de violencia política a través de fuertes guerrillas, en su oportunidad dichos movimientos reconocieron autocríticamente que el escenario había cambiado y públicamente anunciaron el fin de la opción armada. En cambio en Perú y Colombia, no sólo persiste la existencia de grupos armados que mantienen acciones de terror, sino que los partidos de izquierda democrática no mostraron públicamente su rechazo a tales acciones, y cuando lo hicieron ya habían tardado tanto en anunciarlo que la población se mostró escéptica.

En ambos países la campaña mediática e incluso los medios de comunicación a través de sus programas de opinión, en plena campaña electoral, manifestaban su preocupación -quizá marcados por ese escepticismo- por el futuro de ambos países de ganar la opción de izquierda. En ambos casos, los medios hicieron menciones elocuentes a la influencia del gobierno de Hugo Chávez sobre los candidatos del cambio.

También es de resaltar que a diferencia de otros países y períodos, los partidos y movimientos de izquierda colombiana y peruana no tienen una fuerte relación con organizaciones sociales o de base, muy por el contrario tienden a ser agrupaciones con cúpulas políticas enquistadas, que hace décadas no muestran nuevos liderazgos políticos y cuyas prácticas son lo suficientemente tradicionales como para hacer poco creíbles ante la población las ofertas reales de cambio que prometen.
Algo que también tienen en común ambos países es que los partidos o movimientos de izquierda o centro-izquierda han tenido un relativo éxito en elecciones regionales o locales, lo que denota que en dichas jurisdicciones existen personalidades que son representativas de sus localidades, pero estos liderazgos regionales no tienen llegada para la dirección nacional de los partidos de izquierda, por lo que no llegan a tener candidaturas nacionales; al mismo tiempo, la gestión regional o local de estos liderazgos no logra ser mostrada como una señal de éxito por los partidos nacionales, lo que muestra una gran diferencia a las gestiones regionales y locales del Partido de los Trabajadores de Brasil y del Frente Amplio uruguayo.
Sin embargo, una situación que se diferencia en las agrupaciones de izquierda de ambos países es la forma de su organización: mientras que en Colombia el Polo Democrático ha logrado –con todas sus limitaciones- un nivel de coordinación entre los partidos “tradicionales” y los “modernos” que incluso se concretó en elecciones primarias internas en las que venció el candidato “moderno”, el ex guerrillero del M-19, Gustavo Petro; en el Perú tal esfuerzo ha sido vano, tanto por las nulas o escasas señales de los “tradicionales” a dejar las prácticas arbitrarias, como de los “modernos” por la marcada desconfianza frente a los primeros, esto ha llevado a que los partidos “tradicionales” peruanos (hablamos de los partidos comunistas) manifiestan su apoyo al líder Partido Nacionalista, Ollanta Humala, mientras que las nuevas agrupaciones tiendan a apoyar al Movimiento Tierra y Libertad . En cualquier forma, la mera alianza en Colombia ha tenido efectos electorales similares que en Perú, es decir, con algunas victorias regionales y locales pero con un lejano panorama en lo nacional.

En suma, la historia nacional en general, ocasionalmente con procesos de violencia política inconclusos o mal concluidos, y las condiciones partidarias en específico, han derivado en que el electorado peruano y colombiano no han sido afines a la izquierda para elecciones nacionales, y esta situación sólo podría cambiar si sumado a la voluntad de apertura que el electorado pueda tener a opciones de cambio social, las condiciones nacionales y organizativas de los partidos de izquierda así lo faciliten.

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